Una postal

Esperan la ola alargados sobre las tablas, con sus trajes de neopreno y la mirada al horizonte. De vez en cuando, se miran, pero muy poco, hay que estar atento. Me pregunto qué pensaran mirando tanto rato al mar. Porque tienen que pensar, me digo, a parte de ver señales de olas útiles. Pasan más tiempo mirando las líneas azules que de pie en la tabla. Con la cabeza mojada, un septiembre que se ha vuelto gris, húmedo y poco amable, tienen que tener frío. Frío y contemplación, un plan para el domingo. Delante del mar, al lado del paseo, están las pizzerías y las arrocerías, los balcones pintados de rosa o amarillo, y las ventanas llenas de sal. En Portugal, hace años, un guarda me dio un caballito de mar, diciéndome que cuando me encotrara mal, lo agarrara y me daría fuerzas. La casita estaba al lado del Cabo do Inferno y el constante ir y venir del agua hacía que uno imaginara monstruos, diablos, fácilmente. Las paredes y la puerta y las ventanas estaban blancas de toda la sal que se había ido pegando al largo de los años. Mientras que a los hombres y mujeres, el mar les hace la piel dura, “el mar evejece”, te dicen, aquí iba acumulando capas de cristales. Las olas y el viento que las provocó, y la espera.

Me pregunto cómo notaran el momento adecuado para levantarse, la forma que tiene que adoptar el cuerpo para no perder el equilibrio, la manera de cambiar la posición según la velocidad que lleve la ola, el control del centro de gravedad. Pienso cuándo tienen qué decirse ya, y si se guían por lo que hacen los otros. A veces, parece que uno vaya a pegarle a otro con el canto de la tabla, pero las distancias, desde la distancia, se calcula mal. Esperar parece fácil pero en realidad no lo es. Si uno quiere aparecer o actuar en el momento preciso, es probable que no actue nunca, y aún así hay quien se sube a la ola correcta, esta propagación de energía que llamamos ola. Uno no imaginaría que el surf es para gente paciente o contemplativa. A mi me parece que pasan tanto tiempo mirando al mar como el pescador.

La playa está casi vacía, y las pocas palmeras que plantaron han resistido al ataque del escarabajo. Hay poca arena, las dunas se eliminaron como en otras playas y hicieron un paseo, un parque y el club naval. La pequeña venecia en València, y otras cosas que nos encontramos por l’Horta Nord. Si queremos ver el mar des de nuestra terraza, a pocos metros, y que el balcón se nos llene de sal, tenemos derecho, no? Porque desde cierta altura, se ve diferente el mar. Los vigías y los gavieros lo saben.

De aquel mar atlántico a estas olas tranquilas, poco dadas a que los surfistas puedan levantarse y mantener el equilibrio hasta que rompan. Paseamos por la orilla y hay alguna alga, pero poco. Parece que no llega nada, ahora. En Porto Pim, en la isla de Faial, este verano llegó un delfín desorientado, seguramente ya enfermo, que no sabía salir de la bahía y iba directo a la arena. Los turistas aún no habían llegado. Todos mirando, los del bar, los que estaban en la arena, y los que acudieron a ver el animal. Tres hombres, con tabla del surf, se metieron al agua para dirigirlo hacia fuera, que muriera lejos de la costa para que el mar se lo tragara. Movían las manos y lo líaban más. Decidieron dejarlo, si tenía que aparecer al lado de la antigua fábrica ballenera, ya se vería. No se trataba de salvarlo, porque ya no se podía, sinó de que no se pudriera cerca de nosotros.

Estando allí, me dijeron que había aparecido un cachalote en la Malva-rosa, muerto o moribundo, no lo recuerdo, y yo pensé que cómo podía ser, qué hacía él allí y yo aquí. Después, supe que había sido un cachalote de cartón piedra y que todo seguía igual. Llegan malas noticias del mar, muchas veces. Nos quedamos, pues, con la idea del mar sin ver el mar. Y así vamos tirando.

El aire parece que se mueve más, y el espigón rompe las trayectorias de las ondas azules. Los surfistas ya no esperan, se mueven, se levantan y prueban. El ensayo y error, lo que hacemos.

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